viernes, 31 de marzo de 2017

Reflexión Domingo 5 de Cuaresma. Ciclo A

 
Domingo 2 de abril de 2017
5° Domingo de Cuaresma
Evangelio: san Juan 11, 1-45

 
En el Evangelio de hoy, Jesús resucita a su amigo Lázaro, es decir, da la vida y vence a la muerte. Es un anticipo a la victoria total que Jesús realizará en la cruz, entregando su propia vida para que todos la recibiéramos plenamente.
 
Desde esta perspectiva, en el Evangelio según san Juan, la resurrección de Lázaro es la última señal que Jesús realiza, la cual genera dos tipos de reacciones en el pueblo judío: por una parte, surge la fe en quienes observan y creen en esta señal, mientras que por otra, se presenta la incredulidad en quienes no reconocen a Jesús como el Hijo de Dios. Lamentablemente, para este último grupo de personas, las señales de Jesús no eran suficientes para descubrir la divinidad de Jesús.

La fe de quienes creyeron en esta señal milagrosa les permitió abrirse a la vida, pues con la resurrección de Lázaro el Señor Jesús manifestó su gloria y también le regaló la vida a quienes creyeron en Él. En este sentido, la fe se parece a la persona capaz de observar a la oruga que se encierra en su capullo y, después de un tiempo, con paciencia sale de él convertida en una linda mariposa; la persona que capaz de contemplar dicha maravilla y, a la vez, que pueda creer que es posible gracias al poder creador de Dios, ha podido desarrollar una fe profunda.

Por tanto, el punto central de la resurrección de Lázaro es promover la fe en todo el pueblo judío, para que con esa fe puedan recibir el regalo de la vida nueva que ofrece Jesús. El Señor no busca protagonismos ni espectáculos, como desafortunadamente varias personas lo hacen, sino que al resucitar a su amigo querido también logra tocar el corazón de muchas personas que estaban presentes.

Jesús vive intensamente esta situación y por eso llora frente a la tumba de su amigo, lo que nos quiere enseñar que para Jesús toda persona es única y valiosa y que, por esta razón, le ofrece el mejor regalo, que es la vida. Nosotros también somos únicos para el Señor y por eso también nos ofrece su vida, siempre y cuando creamos en Él, de lo contrario, simplemente nuestro corazón se cerrará como una muralla, que no le permite actuar a Dios. Por esto, pregúntate: ¿Mi corazón está abierto a recibir la vida nueva que me ofrece Jesús cada día?

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