viernes, 10 de marzo de 2017

Reflexión Domingo 2 de Cuaresma. Ciclo A

Domingo 12 de marzo de 2017
II Domingo de Cuaresma 
Evangelio: Mateo 17, 1-9

Hoy celebramos el Segundo Domingo del Tiempo de Cuaresma, en el cual la Palabra de Dios tiene como eje central la manifestación del Señor al ser humano. 

En la Primera Lectura, la manifestación de Dios se da en términos de bendición. Abraham, un hombre ya anciano que vive en Ur de Caldea, recibe un llamado repentino de Dios a salir de su tierra. Esta petición viene respaldada por dos promesas de parte de Dios: una tierra donde vivir y una numerosa descendencia. Lo que llama la atención de esta situación es la respuesta de Abraham, pues él no duda, como tampoco coloca condiciones al llamado de Dios; su respuesta es un sí radical, que se nos presenta hoy a nosotros como modelo de fe, de quien escucha la voz de Dios y, a su vez, reconoce las maneras como Él se manifiesta en su vida.

En la Segunda Lectura, el apóstol San Pablo nos ofrece otra manifestación de Dios: el duro trabajo del Evangelio, al cual nos invita a hacer parte. Esta invitación exige de nosotros un compromiso, que está animado por la promesa de Dios de concedernos su Gracia por medio de Jesucristo, ya que Él es la manifestación de Dios en el mundo, gracias a su Muerte y su Resurrección.


En el Evangelio, Jesús manifiesta su divinidad a sus discípulos y confirma que es el Hijo de Dios, pues aparece conversando con dos personajes fundamentales en la historia de fe del pueblo de Israel: Moisés y Elías. También se muestra que Jesús es el Hijo amado del Padre y a quien Él ha escogido para salvar la humanidad. 

Puede ser que a nosotros nos suceda algo parecido que a los discípulos y nos dejemos llevar por el resplandor y la majestuosidad de la escena, en la cual aparece el Señor resplandeciente en medio de Moisés y Elías. También a muchos de nosotros nos gustaría hacer tres tiendas y quedarnos en el Monte Tabor con el Señor y olvidarnos de nuestra realidad, la cual a veces no se parece en nada a la escena de la Transfiguración.

Sin embargo, Jesús nos trae de nuevo a la realidad y nos muestra que su manifestación divina se hace en la vida diaria, mientras estamos trabajando y conviviendo con otras personas. Precisamente, es en lo cotidiano en donde Jesús se nos presenta como el Señor y nos regala todo su amor y su gracia. Por ello, debemos aprender a ser contemplativos en la vida diaria, es decir, descubrir a Dios actuando en todas las personas y en toda la creación.

Por lo anterior, vale la pena que te preguntes: ¿Cuál es mi actitud ante la acción de Dios en mi vida? ¿Prefiero la comodidad o, por el contrario, estoy dispuesto a seguirlo en la cruz y en la Resurrección? 

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