DOMINGO DE RAMOS, EN LA PASIÓN
DEL SEÑOR
Entrada de Jesús a Jerusalén: San
Marcos 11, 1-10:Pasión del Señor: San Marcos 14, 1 – 15, 47:
Con
las Lecturas de este Domingo de Ramos, o de la Pasión del Señor, damos inicio a
la celebración de la Semana Santa. Jesús entra a Jerusalén aclamado como rey,
pero a los pocos días muere crucificado. Varios de los que seguían a Jesús
estaban acostumbrados a sus milagros y a su predicación, pero no esperaban que
su Maestro muriera en la cruz. Por eso, cuando Jesús es apresado por las
autoridades judías, la gran mayoría lo abandonó, pues temía sufrir el mismo destino
de Jesús.
Precisamente,
la mayor expresión del amor de Jesús hacia la humanidad lo encontramos en la
cruz. Jesús fue siempre obediente a su Padre y, por ello, no dejó de anunciar
el Reino de Dios con sus palabras, con sus acciones y, sobre todo, con su
propio ejemplo.
La
escena de la muerte de Jesús en la cruz encierra una profunda enseñanza sobre
el amor y la entrega incondicional para toda la humanidad: “Terminada la burla,
le quitaron la púrpura, lo vistieron con su ropa y lo sacaron para crucificarlo”
(Marcos 15, 20). En primer lugar, Jesús cargó con su cruz, es decir, asumió las
consecuencias de su predicación y de sus obras con las que anunció el Reino de
Dios. En la actualidad, cuando se promueve el individualismo, nos cuesta asumir
las responsabilidades de nuestros actos y buscamos siempre que otra persona
responda.
En
segundo lugar, ante el mal, la injusticia y la iniquidad del mundo, Jesús
respondió de la misma manera que su Padre, es decir, con plena bondad; como se
menciona en el Antiguo Testamento, “El Señor es quien me ayuda: por eso no me
hieren los insultos” (Isaías 50, 7a). En tercer lugar, Jesús fue puesto en
medio de otros dos que fueron crucificados, según nos lo cuenta el Evangelio de
San Marcos, lo que quiere decir que Jesús se convierte en el camino para llegar
al Padre gracias a su muerte en la cruz.
En
cuarto lugar, a Jesús no le basta con regalarnos una nueva vida a través de su
entrega en la cruz, sino que nos ofrece también su perdón. De modo muy sencillo,
el evangelista san Marcos nos narra la crucifixión y muerte de Jesús. Si leemos
detenidamente este Evangelio, aquí no se recrea describiendo la crueldad que Jesús
padece, ya que no es la cantidad de dolor lo que nos salva, sino su abandono
absoluto a la voluntad de su Padre, cuya consecuencia es la muerte. Con su
silencio, Jesús nos perdona y nos enseña a perdonar.
No
obstante, en los judíos, en las autoridades religiosas, en la gente que se
burlaba o criticaba a Jesús estamos representados todos los seres humanos, en
la medida en que también no hemos sabido responder a tanto amor y bondad que
recibimos de Dios. Sin embargo, Jesús con su pasión y muerte nos perdona.
Por
último, después de habernos enseñado con la cruz la responsabilidad, la bondad
y el camino para llegar al Padre y luego de regalarnos su perdón, Jesús ya está
listo para entregar su vida, su último aliento, a su Padre amado, de la misma
forma como aquel que ha hecho su tarea con excelencia y amor: “Pero Jesús,
lanzando un grito, expiró” (Marcos 15, 37).
Queda
preguntarnos: ¿De qué manera respondo ante tanto amor que recibo del Señor?
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