San Juan 20, 1-9:
Cuando
una noticia se difunde rápidamente, se suele decir coloquialmente que "se
riega como arroz". En este sentido,
la experiencia de la resurrección de Jesús se llegó a difundir con rapidez
gracias a que los discípulos, y nosotros ahora, llenos de alegría por semejante
noticia, hemos creído en que aquella tumba vacía es en realidad el signo de la
victoria de Jesucristo sobre la muerte.
Por
lo mismo, cuando Jesús se apareció a sus discípulos después de la Resurrección,
ellos sintieron paz y alegría y su fe se fortaleció; pasaron de ser los
discípulos temerosos que vivían escondidos por miedo a los judíos a ser
testigos valientes de la Resurrección de Jesús. Los Evangelios nos contarán las
diferentes apariciones de Jesús a sus discípulos y cómo Él logró
transformarlos, tal como lo cuenta el Evangelio de San Lucas en la escena de
los discípulos de Emaús: “Y se dijeron uno a otro: ¿No ardía nuestro corazón
mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. (Lucas 24,
32).
Algo
similar nos sucede a nosotros ahora, sobre todo cuando experimentamos la muerte
de un ser querido. Sentimos un dolor profundo, como si el mundo se nos acabara;
incluso, algunas personas piensan que Dios las ha abandonado. Con su
Resurrección, Jesús nos enseña que no todo está perdido y que nosotros también
podemos resucitar con Él a una vida nueva. No es volver a nuestro cuerpo, como
tampoco es una reencarnación, como lo piensan otras religiones. La Resurrección
es vivir una vida nueva en Dios y disfrutar de Su presencia. Para las familias
que viven la muerte del ser querido, el Señor las llena de paz y esperanza, así
como lo hizo con las hermanas de Lázaro cuando él había muerto. Por eso Marta
dijo: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que
venir al mundo.” (Juan 11, 27).
En
consecuencia, si leemos cuidadosamente el Evangelio según San Juan de este
domingo, descubrimos el triunfo de Jesús sobre la muerte a través de la
Resurrección. Jesús se presenta el primer día de la semana a María Magdalena,
para instaurar el Día del Señor, de tal modo que los creyentes lo dediquemos al
culto y a la alabanza de Dios. También es muy significativo reconocer que su
primera aparición se da a una mujer, puesto que los discípulos estaban
escondidos, lo que quiere decir que ellos aún no habían vivido la experiencia
gozosa de la Pascua de Jesús. Por ello, la resurrección de Jesús se convierte
en la luz que rompe con las tinieblas y la ceguera que había ocasionado la
falta de fe en el corazón de los discípulos, quienes no creyeron en el
testimonio de María Magdalena, sino hasta el momento en que Pedro y el
discípulo amado fueron a constatar personalmente lo que había dicho esta mujer.
Más adelante, cuando Jesús se aparezca a todos los discípulos y, especialmente
a Tomás, reclamará su falta de fe y felicitará a quienes crean sin haber visto,
pues la Resurrección del Señor no se reduce a un fenómeno físico que podamos
comprobar con nuestros sentidos, sino que es una experiencia de gozo profundo
que invade el corazón y cambia nuestra existencia.
Por lo anterior, Dios Padre nos invita a estar
alegres, pues ¡Jesús, su Hijo, ha resucitado! La salvación de la humanidad es
real y por eso los creyentes estamos de fiesta, porque Cristo ha vencido a la
muerte. Pero la resurrección de Jesús no es un hecho que ocurrió hace 2000 años
solamente, sino que Jesús sigue resucitando en cada hogar y en cada persona
cuando hay esperanza y existe un cambio interior en cada uno. Por ejemplo, la
persona que deja un vicio, o aquella que cambia de actitud y se hace más
generosa y solidaria. Por eso, preguntémonos: ¿Qué cambio he vivido en esta
Semana Santa? ¿Cómo doy testimonio de Jesús Resucitado en mi vida diaria?
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