DOMINGO 3 DE PASCUA
San Lucas 24, 35-48:
Cuando
nos encontramos caminando en el campo y llegamos frente a una colina, para
subir más rápido debemos estar ligeros de equipaje. Entre más carga llevemos,
la subida será más pesada, larga y complicada, mientras que quien lleva justo
lo necesario, tendrá un ascenso más ágil. Hoy, cuando celebramos el Tercer
Domingo de Pascua, recordamos que para seguir a Jesús Resucitado es necesario
liberarnos de los apegos, es decir, de aquellas pesadas cargas que impiden
nuestra cercanía con Jesús y, al contrario, nos distancian de su seguimiento.
Precisamente,
el Evangelio de hoy nos muestra que la Resurrección de Jesús ha sido el acto de
liberación de Dios a la humanidad. Sin embargo, nos podemos preguntar de qué
nos ha liberado Dios, especialmente en una sociedad como la actual que quiere
olvidarse de Dios, porque se nos ha inculcado que todo se puede hacer y nos
consideramos tan autosuficientes que hemos llegado a querer una vida sin
límites, bajo el lema: "vive al máximo". Lamentablemente, esa no es
la libertad verdadera, ya que a la larga terminaremos esclavizados por los
ídolos que en estos momentos se están presentando: el dinero, el poder, la
fama, el erotismo desmedido, el afán de reconocimiento. Vivir la vida sin
límites nos conduce a malgastar nuestro dinero sin medida, a aspirar a lograr
cargos y trabajos de alto reconocimiento sin importar pisotear al otro y a
vivir desproporcionadamente, afectando a la creación y a la gente más frágil.
En
este sentido, la Resurrección de Jesús la podemos comprender como un acto de
liberación de apegos, miedos y dependencias. De modo similar, podemos apreciar
que, poco a poco, toda la comunidad de discípulos se va contagiando de la fe en
la resurrección del Señor y se va liberando de los miedos y de la tristeza que
les ocasionó la pasión y muerte del Señor. Luego de la aparición de Jesús a los
discípulos de Emaús, Él nuevamente se aparece a sus discípulos. Este nuevo encuentro con Jesús nos da la idea de que fue
un proceso que comenzó con unos cuantos hasta llegar a convertirse en una
vivencia de tipo comunitario.
Así
como ocurre en nuestra vida espiritual, en donde paulatinamente vamos
profundizando en nuestra relación con Dios a pesar de nuestras propias
limitaciones, seguramente los discípulos también experimentaron las dudas, el
temor, el sentimiento de frustración y de derrota. Por eso, en estos primeros encuentros
con el Resucitado ellos sintieron confusión, pues creían estar viendo a un
fantasma.
Sin
embargo, Jesús es comprensivo con sus discípulos y por eso nuevamente, como en
el pasaje de Emaús, acude a la Escritura y les abre las mentes para que
entiendan y una vez más utiliza el signo de la comida, en donde los discípulos
han sido liberados de sus miedos a través de una experiencia comunitaria de fe en
la Resurrección y de afecto total al Señor Resucitado. Así, la comunidad de
discípulos termina todo un proceso formativo, recordando las palabras y los
signos del Maestro durante su vida pública.
Por
lo anterior, vale que te preguntes: ¿Eres ligero de equipaje para seguir a
Jesús Resucitado?
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