sábado, 12 de mayo de 2018

Reflexión Domingo de la Ascensión del Señor. Ciclo B

DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR 
San Marcos 16, 15-20:

Celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor, fiesta en la que reconocemos la divinidad de Jesús y el cumplimiento del Plan de Salvación para la humanidad trazado por el Padre. Sin embargo, no podemos pensar que la Ascensión fue un hecho histórico sucedido hace varios siglos, sino que aún se hace realidad en cada persona que le abre su corazón a Dios y lo deja actuar en su vida. 

Luego de recorrer con el Señor cuarenta días después de la Resurrección, pareciera que llegásemos al final del camino, en que Jesús se separa de nosotros. No obstante, el Señor no nos deja solos, sino que su acción resucitada continúa vigente gracias a la acción del Espíritu Santo, que recibiremos en Pentecostés.

Por lo anterior, Jesús ofrece unas recomendaciones antes de ser llevado al cielo por su Padre amoroso. La primera recomendación es creer en Jesús, el Hijo de Dios, de tal modo que podamos ser testigos de su Resurrección. La segunda es que quienes creamos en el Señor experimentaremos signos de sanación del cuerpo y del corazón, como manifestación de la misericordia de Dios al mundo, los cuales a su vez estamos llamados a poner en práctica con los demás. En otras palabras, así como hemos sido amados y sanados por el Señor, estamos llamados a hacer lo mismo con quienes nos rodean.

Por tanto, la Ascensión del Señor es la confirmación y el cumplimiento de la Ley y de los Profetas con relación al Mesías. Dicho de otro modo, en Jesús se cumplen plenamente las Escrituras, para mostrarnos que el Padre del cielo es puro amor y, en vez de querer la venganza o guardar rencor hacia la humanidad que sacrificó a su Hijo, exalta a Jesús, resucitándolo y llevándolo al cielo, tal como lo narra el Evangelio de hoy.

A nosotros, como creyentes, se nos presenta el reto de anunciar a Jesús vivo, resucitado y que asciende a los cielos, en medio de un mundo que cada vez más se hace indiferente a la palabra de Dios, razón por la cual nos queda reflexionar: ¿en verdad somos testigos de la Resurrección de Jesús? ¿Cómo doy testimonio de ello?

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