SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA
TRINIDAD
San Mateo 28, 16-20:
Cuenta
la historia que san Agustín de Hipona (354 – 430) un día paseaba por la playa
mientras iba reflexionando sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Trataba
de comprender, con su mente analítica, cómo era posible que tres Personas
diferentes (Padre, Hijo y Espíritu Santo) pudieran constituir un único Dios.
Estando
en esas reflexiones, encontró a un niñito que había excavado un pequeño hoyo en
la arena y trataba de llenarlo con agua del mar. El niñito corría hacia el mar
y recogía un poquito de agua en una concha marina. Después regresaba corriendo
a verter el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez. Aquello llamó
la atención del santo, quien lleno de curiosidad le preguntó al niño sobre lo
que hacía: –Intento meter toda el agua del océano en este hoyo –le respondió el
niñito. –Pero eso es imposible –replicó san Agustín– ¿cómo piensas meter toda
el agua del océano que es tan inmenso en un hoyo tan pequeñito? – Al igual que
tú, que pretendes comprender con tu mente finita el misterio de Dios que es
infinito…Y en ese instante el niñito desapareció.
Esta
historia, que puede ser más una leyenda, nos muestra la complejidad del
misterio de la Santísima Trinidad, fiesta que celebramos en el día de hoy. Sin
embargo, la invitación del Señor no está dirigida a que nosotros entendamos de
manera racional qué es la Santísima Trinidad, sino que reconozcamos cómo actúa
Dios, que es Uno y Trino, en nuestras vidas.
Por
lo anterior, el Señor Jesús nos dice hoy, en el Evangelio según san Mateo:
"Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el
Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo
lo que les he mandado”. Por consiguiente, el anuncio del Evangelio consiste en
dar testimonio, con palabras y acciones, de la acción de Dios en nuestras
vidas. En ese sentido, no se trata de convertirnos en unas enciclopedias,
llenas de conocimientos, sino que aprendamos a saborear cada experiencia de la
vida, de tal manera que podamos reconocer a Dios presente en ella.
Por
lo mismo, podemos comparar el reconocimiento de la acción de Dios con la
alimentación. De hecho, nos podemos preguntar por la manera como comemos:
¿Consumimos los alimentos con afán, hasta atorarnos o, por el contrario,
saboreamos cada alimento? Algo similar ocurre con la acción de Dios, pues el
Señor nos invita a vivir la vida saboreando cada instante, de tal modo que
podamos reconocer su presencia amorosa.
En
consecuencia, quien se toma en serio la tarea de descubrir a Dios presente en
su vida y se pone a degustar cada experiencia vivida, descubrirá tres
"sabores" que son propios de Dios: un primer "sabor"
corresponde a las maravillas de la creación, esto es, sentir un gusto por la
vida y un agradecimiento por tanto bien recibido (familia, vivienda,
alimentación, trabajo, estudios, amigos, etc.); esta es la acción del Padre,
que no cesa de regalarnos vida en abundancia. Un segundo "sabor" lo
encontramos en la Palabra de Dios. Cuando meditamos la Sagrada Escritura, ya
sea en la oración o en la Eucaristía, descubrimos que la Palabra se "hizo
carne y habitó entre nosotros" (Juan 1, 14). Y gracias al nacimiento, la
vida, la muerte y Resurrección de Jesús, nosotros hemos recibido la Salvación,
la Vida Nueva prometida por Dios; esta es la acción del Hijo. Por último, el
tercer "sabor" responde a ese deseo por servir a los demás y
construir comunidad cristiana en nuestra familia, en el trabajo, en el barrio,
en todo lugar en donde nos encontremos. No es quedarnos con los brazos cruzados,
es salir a servir sin condiciones; esta es la acción del Espíritu Santo.
En
resumen, estos tres "sabores" le ofrecen sentido a nuestra vida, pues
son tres maneras de amar en un solo Dios y con ello, la Trinidad nos enseña a
salir de nosotros mismos y a no quedarnos encerrados en nuestros propios
intereses egoístas. Por tanto, la pregunta que nos debemos hacer en esta Fiesta
es: ¿Cómo respondemos ante tanto amor que hemos recibido de parte de Dios?
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