San Juan 6, 24-35:
En el mundo actual pesa bastante la comprobación con evidencias
de lo que decimos y pensamos. Cada afirmación y cada opinión de nuestra parte
deben ir respaldadas por una prueba o señal concreta y tangible. Del mismo modo
en el Evangelio de hoy los judíos le piden a Jesús una señal para que puedan
creer en Él; Jesús señala que Él es el pan de la vida.
Sin embargo, pedir señales representa el afán de tener
seguridades, pruebas, evidencias. Nos sentimos indefensos si no tenemos un
documento, una prueba, un respaldo. En la actualidad cuando sobreabundan los
trámites en todo tipo de oficinas, ya sean públicas o privadas, el papeleo es
la nota característica de cada diligencia que realizamos.
Por eso cabría preguntarnos: ¿Qué es lo fundamental, lo
importante? Al respecto, podemos correr el riesgo de confundirlo con lo
urgente, lo pasajero, lo efímero. Esto va relacionado con la propuesta de la
sociedad de que sólo vale el presente y, con ello, ya dejamos de soñar, dejamos
los grandes ideales, pues sólo vivimos corriendo por nuestras urgencias, por
satisfacer el alimento diario, la necesidad básica del presente, sin tener en
cuenta que nuestra vida va más allá del estrés cotidiano.
Como respuesta a esta tendencia humana, Jesús va más allá, se
presenta como el Pan de Vida, es decir, como el camino para llenar el corazón y
el espíritu de Dios, dejando de lado lo urgente, lo material, lo pasajero.
Jesús apunta al sentido de la vida del ser humano, que es volver a Dios y gozar
de su presencia; allí está lo fundamental en la existencia del ser humano.
Por ello vale la pena que nos preguntemos: ¿Qué significa para
mí que Jesús sea el pan vivo bajado del cielo? No se trata de una pregunta
teórica, sino de un interrogante que debe llegar al corazón y que debe interpelar
nuestras acciones cotidianas, con el fin de descubrir si en realidad somos
coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos.
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