San Juan 6, 1-15:
Una
de las situaciones más conmovedoras que se presenta en nuestros barrios es ver
a familias muy pobres, cuyos padres atraviesan mucha necesidad y a pesar de
todo logran conseguir lo necesario para alimentar a los hijos. En estas
familias se vive con frecuencia la multiplicación de los panes, tal como lo
hace Jesús en el Evangelio.
Cuando
leemos el relato de la multiplicación de los panes, con frecuencia nos quedamos
solamente en el hecho extraordinario de dar de comer a una multitud, pero
olvidamos la enseñanza que nos quiso transmitir Jesús, es decir, ser generosos
y compartir nuestro pan con los demás, especialmente los más necesitados.
Esta
manera de ser generosos que nos propone Jesús hoy, también la vemos en nuestras
familias cuando el papá o la mamá dan lo mejor de sí por el bienestar de los
hijos, como se dice coloquialmente: “se saca el pan de la boca”, de acuerdo con
el ejemplo que se señaló anteriormente. La generosidad implica sacrificio y
abnegación, siempre con el deseo de que la otra persona esté bien.
Para
Jesús compartir lo que se tiene no es dar de lo que sobra para quedarse con lo
mejor. La generosidad de Jesús es total, no se guarda nada para sí mismo y lo
da todo a los demás. Esta situación se repite en aquellos padres que quieren
profundamente a sus hijos y les dan lo mejor que tienen, así en ocasiones
tengan que pasar hambre, como en el ejemplo que acabamos de presentar.
Dios
nos llama a ser generosos por medio de la escena de la multiplicación de los
panes, pero no es una generosidad fingida, calculada, ni obligada, la
generosidad a la que nos invita el Señor brota del corazón y se desvive por las
otras personas: por la familia, por los vecinos, por los compañeros de estudio
y trabajo. Sólo así podremos construir una sociedad realmente solidaria.
No
obstante, la multiplicación no consiste únicamente en saciar el hambre que
puede sentir nuestro cuerpo, sino también aquella necesidad espiritual de Dios.
Por esta razón Jesús sigue efectuando la multiplicación de los panes a través
de la Eucaristía y nos invita a hacer lo mismo en nuestra relación con los demás.
Por lo mismo vale la pena que nos preguntemos: ¿Qué tanto participamos en la
Sagrada Eucaristía? ¿Compartimos nuestro pan con los demás?
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