sábado, 15 de diciembre de 2018

Reflexión Domingo 3 de Adviento. Ciclo C


DOMINGO 3 DE ADVIENTO

Lucas 3, 10-18:



Desde hace unos meses atrás, las familias en Colombia acostumbran a planear sus vacaciones de fin de año. Para ello, se realizan proyecciones con el dinero que papá y mamá recibirán en diciembre, contando prima, salario, liquidación, etc. Con base en esto, se distribuye el dinero en regalos, viajes, fiestas y las cenas de Navidad y Año Nuevo. En algunos casos, no se proyecta enero, el cual es un mes económicamente complicado, pues en la mayoría de las personas asalariadas que trabajan a término fijo, sólo reciben el salario por dos semanas de trabajo. En otros casos, especialmente quienes son independientes o trabajan en la informalidad, no se hacen tantas proyecciones económicas, sino que se distribuye el dinero obtenido de acuerdo con los resultados de la temporada de fin de año.



Basta hacer esta radiografía de la planeación económica para darnos cuenta que nuestras proyecciones se construyen a partir de una combinación entre los datos reales y las esperanzas de un futuro promisorio. Aunque nos esforzamos en nuestro trabajo a lo largo de un año, también añoramos obtener ganancias adicionales que nos permitan disfrutar de un tiempo de vacaciones con comodidad y holgura.



Del mismo modo, en la vida de fe experimentamos una combinación entre nuestra esperanza en Dios y la acción del Señor en nuestras vidas. Cada uno, desde su propia vida, ha tenido una experiencia del amor de Dios, ya sea a través de personas, situaciones, oportunidades y dones que Él mismo nos ha proporcionado como, por ejemplo: la familia, los amigos, el trabajo, el estudio, la vivienda, el alimento, etc. Simultáneamente, cada quien espera que el Señor siga bendiciéndolo en cada momento, lo cual constituye una esperanza permanente. Dicho en otras palabras, Dios nos ofrece muchas bendiciones espirituales y materiales diariamente y, a la vez, confiamos en que Él no nos desamparará.



No obstante, los seres humanos no solemos "proyectar" nuestra vida espiritual, tal como lo hacemos con nuestras vacaciones. Pero, ¿qué significa proyectar nuestra vida espiritual? De una manera clara, significa reconocer los dones que hemos recibido de Dios y descubrir qué podemos hacer con ellos para que otras personas también sean bendecidas con el amor de Dios.



Para esto, las lecturas de este Tercer Domingo de Adviento nos ofrecen tres palabras claves, con el fin de proyectar nuestra vida espiritual: la alegría, la paz y el discernimiento.



En primer lugar, con relación a la alegría, solemos vivir una contradicción personal, pues con frecuencia no manifestamos la misma alegría en nuestra vida espiritual que cuando planeamos nuestras vacaciones, pues vivimos lamentándonos de lo que nos falta y no reconocemos tanto bien que Dios nos ha dado. Por ello, el Libro de Sofonías nos recalca estar alegres, porque Dios ha sido misericordioso con nosotros. Ante tanta bondad recibida de parte de Dios, no queda otra salida que estar alegres: "Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos" (Sofonías 3, 14-15a). Así como planeamos unas vacaciones para sentirnos relajados y disfrutar en familia, también el Señor nos invita a mantener esta actitud de alegría interior, sobre todo cuando nos descubrimos amados y perdonados por Él.



En segundo lugar, en cuanto a la paz, el Apóstol San Pablo escribe a los Filipenses: "Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús" (Filipenses 4, 7). Sin duda alguna, una forma para descubrir la acción de Dios en nosotros se da cuando sentimos paz en el corazón. Por ejemplo, al momento de tomar una decisión crucial, si sentimos tranquilidad y serenidad ante la opción escogida, ciertamente allí se encuentra la acción bondadosa de Dios. Con razón, el Apóstol San Pablo nos explica que la paz va más allá de todo juicio y es ésta la que puede orientar todos nuestros pensamientos y acciones. En este sentido, quien no tiene paz en su corazón, suele tener nublado el horizonte, tal como la persona que conduce su carro en medio de una tormenta muy fuerte y, por lo mismo, tomar una decisión en tales condiciones sería peligroso tanto para la persona como para quienes la rodean. En cambio, la paz de Dios nos ofrece seguridad y esperanza para seguir caminando en la vida.



En tercer lugar, con referencia al discernimiento, vale la pena tener en cuenta lo que nos dice Juan el Bautista: "Yo, en verdad, los bautizo con agua; pero viene uno que los bautizará con Espíritu Santo y fuego. Trae su hoz en la mano,  para limpiar el trigo y separarlo de la paja. Guardará el trigo en el granero, pero quemará la paja en un fuego que no se apagará" (Lucas 3, 16a. 17). Esta es otra forma de descubrir la acción de Dios en nosotros, pues nos ayuda a discernir, es decir, a diferenciar aquello que nos permite ser felices de aquello que simplemente se presenta como una dicha fugaz y efímera. En este orden de ideas, la figura del trigo que se nos presenta en el Evangelio representa todo lo que proviene de Dios, mientras que la paja nos indica lo pasajero, aquello que puede ser ser apariencia y que no contribuye realmente a construir una felicidad duradera.



Por tanto, pidamos al Señor que Él nos renueve por dentro. Tomando las palabras de Juan el Bautista, que sea Él, Jesucristo, quien nos bautice con Espíritu Santo y fuego, de tal modo que podamos descubrir tanto bien recibido de su parte, agradecerlo y compartirlo con los demás de forma generosa.

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