DOMINGO 3 DE ADVIENTO
Lucas 3, 10-18:
Desde hace unos meses atrás, las familias en
Colombia acostumbran a planear sus vacaciones de fin de año. Para ello, se
realizan proyecciones con el dinero que papá y mamá recibirán en diciembre,
contando prima, salario, liquidación, etc. Con base en esto, se distribuye el
dinero en regalos, viajes, fiestas y las cenas de Navidad y Año Nuevo. En
algunos casos, no se proyecta enero, el cual es un mes económicamente
complicado, pues en la mayoría de las personas asalariadas que trabajan a
término fijo, sólo reciben el salario por dos semanas de trabajo. En otros
casos, especialmente quienes son independientes o trabajan en la informalidad, no
se hacen tantas proyecciones económicas, sino que se distribuye el dinero
obtenido de acuerdo con los resultados de la temporada de fin de año.
Basta hacer esta radiografía de la planeación
económica para darnos cuenta que nuestras proyecciones se construyen a partir
de una combinación entre los datos reales y las esperanzas de un futuro
promisorio. Aunque nos esforzamos en nuestro trabajo a lo largo de un año,
también añoramos obtener ganancias adicionales que nos permitan disfrutar de un
tiempo de vacaciones con comodidad y holgura.
Del mismo modo, en la vida de fe
experimentamos una combinación entre nuestra esperanza en Dios y la acción del
Señor en nuestras vidas. Cada uno, desde su propia vida, ha tenido una
experiencia del amor de Dios, ya sea a través de personas, situaciones,
oportunidades y dones que Él mismo nos ha proporcionado como, por ejemplo: la
familia, los amigos, el trabajo, el estudio, la vivienda, el alimento, etc.
Simultáneamente, cada quien espera que el Señor siga bendiciéndolo en cada
momento, lo cual constituye una esperanza permanente. Dicho en otras palabras,
Dios nos ofrece muchas bendiciones espirituales y materiales diariamente y, a
la vez, confiamos en que Él no nos desamparará.
No obstante, los seres humanos no solemos
"proyectar" nuestra vida espiritual, tal como lo hacemos con nuestras
vacaciones. Pero, ¿qué significa proyectar nuestra vida espiritual? De una
manera clara, significa reconocer los dones que hemos recibido de Dios y
descubrir qué podemos hacer con ellos para que otras personas también sean
bendecidas con el amor de Dios.
Para esto, las lecturas de este Tercer
Domingo de Adviento nos ofrecen tres palabras claves, con el fin de proyectar
nuestra vida espiritual: la alegría, la paz y el discernimiento.
En primer lugar, con relación a la alegría,
solemos vivir una contradicción personal, pues con frecuencia no manifestamos
la misma alegría en nuestra vida espiritual que cuando planeamos nuestras
vacaciones, pues vivimos lamentándonos de lo que nos falta y no reconocemos
tanto bien que Dios nos ha dado. Por ello, el Libro de Sofonías nos recalca
estar alegres, porque Dios ha sido misericordioso con nosotros. Ante tanta
bondad recibida de parte de Dios, no queda otra salida que estar alegres:
"Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de
todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus
enemigos" (Sofonías 3, 14-15a). Así como planeamos unas vacaciones para
sentirnos relajados y disfrutar en familia, también el Señor nos invita a
mantener esta actitud de alegría interior, sobre todo cuando nos descubrimos
amados y perdonados por Él.
En segundo lugar, en cuanto a la paz, el
Apóstol San Pablo escribe a los Filipenses: "Y la paz de Dios, que
sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en
Cristo Jesús" (Filipenses 4, 7). Sin duda alguna, una forma para descubrir
la acción de Dios en nosotros se da cuando sentimos paz en el corazón. Por
ejemplo, al momento de tomar una decisión crucial, si sentimos tranquilidad y
serenidad ante la opción escogida, ciertamente allí se encuentra la acción
bondadosa de Dios. Con razón, el Apóstol San Pablo nos explica que la paz va
más allá de todo juicio y es ésta la que puede orientar todos nuestros pensamientos
y acciones. En este sentido, quien no tiene paz en su corazón, suele tener
nublado el horizonte, tal como la persona que conduce su carro en medio de una
tormenta muy fuerte y, por lo mismo, tomar una decisión en tales condiciones
sería peligroso tanto para la persona como para quienes la rodean. En cambio,
la paz de Dios nos ofrece seguridad y esperanza para seguir caminando en la
vida.
En tercer lugar, con referencia al
discernimiento, vale la pena tener en cuenta lo que nos dice Juan el Bautista:
"Yo, en verdad, los bautizo con agua; pero viene uno que los bautizará con
Espíritu Santo y fuego. Trae su hoz en la mano,
para limpiar el trigo y separarlo de la paja. Guardará el trigo en el
granero, pero quemará la paja en un fuego que no se apagará" (Lucas 3,
16a. 17). Esta es otra forma de descubrir la acción de Dios en nosotros, pues
nos ayuda a discernir, es decir, a diferenciar aquello que nos permite ser
felices de aquello que simplemente se presenta como una dicha fugaz y efímera.
En este orden de ideas, la figura del trigo que se nos presenta en el Evangelio
representa todo lo que proviene de Dios, mientras que la paja nos indica lo
pasajero, aquello que puede ser ser apariencia y que no contribuye realmente a
construir una felicidad duradera.
Por tanto, pidamos al Señor que Él nos renueve por dentro. Tomando las
palabras de Juan el Bautista, que sea Él, Jesucristo, quien nos bautice con
Espíritu Santo y fuego, de tal modo que podamos descubrir tanto bien recibido
de su parte, agradecerlo y compartirlo con los demás de forma generosa.
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