SAGRADA FAMILIA
San Lucas 2,
41-52:
En la actualidad, sorprende ver la cantidad de jóvenes que,
desde muy temprana edad, deciden tatuarse en diferentes partes del cuerpo.
Muchas de estas figuras son abstractas y, otras tantas, son como una especie de
grafitis impresos en los brazos, pecho o espalda, los cuales contienen algunos
mensajes significativos para la persona que lo porta. De hecho, llama más la
atención que varios de estos tatuajes tienen un tema en común: una persona o un
grupo de personas que le generen identidad a quien se tatúa; incluso, dichas
imágenes hacen referencia a la familia, ya sea en figura o, simplemente, en
palabra.
Sin embargo, ¿qué significa la familia para todas estas personas
que deciden tatuarse algo concerniente a ésta? La respuesta, no está por demás aclararlo,
no se encuentra en el campo de las definiciones enciclopédicas, sino que está
en el ámbito de lo que es realmente valioso, significativo o, en otras
palabras, lo que constituye un tesoro para la persona misma.
Hoy, después del Nacimiento de Jesús celebramos la Fiesta de la
Sagrada Familia. Seguramente Jesús, María y José nos orientan acerca del
significado profundo que posee la familia y cómo podemos aplicarlo en nuestras
vidas.
En este orden de ideas, la Sagrada Familia nos enseña que en el
hogar se establece una relación de confianza. La escena de la pérdida de Jesús
en Jerusalén nos narra que, cuando el niño tenía 12 años, sus padres lo
llevaron a esta ciudad por las fiestas de Pascua. María y José no sabían que el
niño se había quedado en Jerusalén y emprendieron una jornada de camino para
regresar a su casa, pensando que Jesús iba en la caravana. Esta situación nos
refleja que María y José confiaban en su hijo y podían intuir sus acciones. En
ciertas ocasiones, se nos ha olvidado crear condiciones de confianza entre
todos los miembros de la familia. Pero, ¿por qué sucede esto? Porque hemos
dejado de escuchar al otro y conocer sus sueños, temores y expectativas, pues
preferimos encerrarnos en nuestras propias situaciones, que preferimos vivir
como si fuésemos islas en nuestra propia casa. La Sagrada Familia nos enseña a
confiar sin más, es decir, a no poner condiciones, a no imponernos sobre lo que
piensan los demás. Para confiar es necesario escuchar y dialogar con la otra
persona, como se dice coloquialmente, ponernos en los zapatos del otro.
No obstante, María y José se percataron que Jesús se había
quedado en Jerusalén y empezaron su búsqueda. Es importante que nosotros
también nos busquemos permanentemente, es decir, que continuamente
reflexionemos sobre nuestras palabras y acciones hacia nuestros propios
familiares. La rutina con frecuencia evita que nos midamos con nuestros
familiares y, en algunos casos, herimos de palabra y de obra a nuestros seres
queridos, utilizando como pretexto la manida frase: “Es que a él le gusta que
yo lo moleste”. Por eso, los tratos desmedidos generan distancias entre los
miembros de la familia y, aunque vivamos juntos, puede ser que hayamos creado
barreras entre unos y otros.
Por otra parte, cuando José y María encontraron a Jesús,
quedaron perplejos de verlo en medio de los doctores de la Ley judía,
escuchándolos y haciéndoles preguntas. ¿Cuántas veces nos hemos dejado asombrar
por los talentos que tienen nuestros familiares? ¿Nos hemos dejado sorprender
por los logros que han obtenido nuestros seres queridos? Alegrarnos,
sorprendernos, admirarnos mutuamente son actitudes que deben estar presentes en
toda familia. Por ello, el hogar debe constituirse como el primer centro
motivacional de la persona, en donde ésta se siente querida, valorada y
respetada por lo que es, por lo que sabe y por lo que siente. De este modo,
lograremos formar personas con mayor autoestima, que crean en sí mismas, de tal
manera que también puedan creer, admirar y respetar a los demás.
Por último, María nos enseña a guardar silencio. En este
episodio que hemos contemplado a lo largo de la presente reflexión, los padres
de Jesús no comprendieron por qué el niño había decidido quedarse en Jerusalén
y quedaron aún más desconcertados por la respuesta de su hijo: “¿Por qué me
buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?”. Ante tal
respuesta, el Evangelista San Lucas nos dice que María guardaba todas estas
cosas en su corazón. Esta es una gran lección para todos nosotros, sobre todo
en la era digital que nos empuja a la inmediatez, a actuar rápidamente, a
querer respuestas ya, sin mucho esperar. Cuando alguno de nuestros familiares
experimenta alguna situación delicada, bien vale la pena escuchar, guardar
silencio, tratar de comprender, de tal manera que podamos ofrecer consejos
sensatos, prudentes a quien más los necesita. La familia también debe ser un
espacio de asesoría, de atención al otro. Quizás, si nos escucháramos un poco
más, evitaríamos que nuestros familiares buscaran consejos en otros lugares o
personas que, en vez de orientarlos, los confunden más y más, conduciéndolos a
vicios y dependencias. Por esto, es imperativo que pensemos en la otra persona
y que busquemos ayudarla a crecer, a construirse, a salir adelante, es decir,
estar en la casa del Padre, lo cual significa permitir la acción de Dios en
nuestras vidas y en las de los demás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario