sábado, 31 de agosto de 2019

Reflexión Domingo 22 del Tiempo Ordinario. Ciclo C


DOMINGO 22 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Lucas 14, 1. 7-14:

Cuenta la historia que en cierta ocasión se hallaban reunidos en un monasterio algunos de los ancianos, entre ellos el Abad Juan.  Mientras estaban cenando, un ancianísimo sacerdote se levantó e intentó servirles. Pero nadie, a excepción del Abad Juan, quiso aceptar de él ni siquiera un vaso de agua.  A los otros les extrañó bastante la actitud de Juan, y más tarde le dijeron: “¿Cómo es que te has considerado digno de aceptar ser servido por ese santo varón?”.  Y él respondió: “Bueno, verán, cuando yo ofrezco a la gente un trago de agua, me siento dichoso si aceptan. ¿Acaso me consideran capaz de entristecer a ese anciano privándole del gozo de darme algo?”.

En esta historia encontramos dos virtudes que se hallan íntimamente relacionadas: la humildad y el servicio. Es más, a través del servicio desinteresado podemos descubrir la humildad de una persona. En este caso, qué mejor ejemplo de humildad nos da la historia que el servicio del monje más viejo a sus hermanos de convento.

En esta misma línea, la Palabra de Dios de este XXII Domingo del Tiempo Ordinario se centrará en el tema de la humildad. En el Antiguo Testamento, la humildad se demuestra en las acciones cotidianas, tal como lo señala el Libro del Eclesiástico: "Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso". En este sentido, la humildad se presenta como hacerse pequeño en las grandezas humanas, es decir, no aferrarse a lo que se busca con desesperación: poder, títulos, cargos, dinero, fama. Quien se libera de este tipo de modelos que insisten en tener y poseer puede descubrir la acción misericordiosa de Dios en su vida, ya que el Señor causa un efecto contrario a quien persigue su propia grandeza, esto es, en vez de excluir o acabar con la otra persona, la incluye, la dignifica, la construye.

Así como ocurrió con el monje del cuento inicial de esta reflexión, el servicio que no busca los aplausos sino la comodidad y la buena atención de los demás, así sea con un vaso de agua, dignifica al otro, lo que permite reconocer en quien está enfrente como una persona que merece lo mejor. En consecuencia, cuando salimos de nosotros mismos para servir a los demás, también nos encontramos con Dios, como se dice metafóricamente en la Carta a los Hebreos: "Vosotros os habéis acercado al monte Sión, (...) a la congregación de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús".

De igual modo, la humildad será el punto sobre el cual insistirá Jesús en esta parte del Evangelio según San Lucas. En dicha parte, Jesús es invitado por un jefe de los fariseos a comer en su casa y, al ver que los invitados buscaban los puestos de honor, pronunció una parábola con la cual enseñaba la importancia de buscar los últimos lugares. Previamente, Jesús había sanado a un enfermo en sábado, delante de unos fariseos, revelando su opción de vida por los más pobres, enfermos y necesitados. Posteriormente, a través de la parábola critica la actitud de quienes buscan con afán el reconocimiento público, la fama y el honor.

Al contrario de la lógica humana de "escalar puestos" sin importar la situación de los demás, la acción salvadora de Jesús se centra en la humildad y en la generosidad, es decir, en salir de sí mismo y darse por completo a los demás, sin buscar intereses particulares. Esta es una tarea de todos que se hace cada día, paso a paso, en silencio. Por ello, en este Año Jubilar de la Misericordia bien valdría la pena que hiciéramos una obra de caridad desde el anonimato, con humildad y generosidad, a ejemplo de Jesús.

Y tú, ¿Qué buscas con tus acciones cotidianas?

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