DOMINGO 5 DEL TIEMPO ORDINARIO
Mateo 5, 13-16:
En la antigüedad, la sal era un producto de gran valor, debido a sus múltiples usos En primer lugar, servía para la conservación y la sazón de los alimentos, especialmente la carne, puesto que no existían las neveras, tal como las conocemos hoy. En segundo lugar, la sal se convirtió en un objeto de fácil transacción con el cual se podían realizar trueques. En tercer lugar, la sal servía para pagar los jornales a los trabajadores, de lo cual surgió el término salario, que hace referencia al pago o retribución que obtiene una persona por un trabajo efectuado.
En este sentido, podemos asociar a la sal con beneficios para la vida personal, en cuanto ésta da sabor a los alimentos, pero también para la vida comunitaria, en tanto que permitía realizar transacciones y pagos. Si tomamos estos significados cotidianos y les colocamos un valor espiritual, podemos señalar que la sal es un signo de sentido vital, es decir, ésta puede representar la sustancia o el sabor que le colocamos a nuestra vida y, a la vez, la posibilidad de relacionarnos con los
demás, siempre y cuando nuestra existencia posea un rumbo definido.
Por lo anterior, la invitación que el Señor nos ofrece hoy en su Palabra es ser sal de la tierra y luz del mundo. Quizás esta expresión la hemos escuchado con frecuencia, sobre todo en las jornadas vocacionales y misioneras, pero puede ser que nos hayamos acostumbrado tanto a estas palabras que no comprendamos a profundidad su significado.
Ser sal de la tierra implica dar un sentido a lo que se hace y se vive. Ser luz del mundo corresponde a la tarea de guiar a otros. No obstante, no se puede dar sentido y no se puede guiar a los demás si antes no se tiene una experiencia de Dios que nos ilumine y nos oriente en la vida, pues sólo Dios es la sal y la luz de nuestra existencia, de modo que quien se deja llevar por el Señor, llega a ser también sal y luz para otras personas.
Sin embargo, la experiencia de Dios no se reduce a un conocimiento intelectual o académico, sino que transforma a toda la persona desde el corazón. De este modo, para poder ser sal de la tierra y luz del mundo primero debemos vivir una experiencia interior, en la cual nos dejemos iluminar por el Señor.
En este sentido, se cuenta que hubo un diálogo entre un maestro y su discípulo. El discípulo preguntó: “¿Cuál es la diferencia entre el conocimiento y la iluminación?”. El maestro respondió: “Cuando posees el conocimiento, empleas una antorcha para mostrar el camino. Cuando posees la iluminación, te conviertes tú mismo en antorcha”.
Por esto mismo, no basta con un conocimiento desde la razón. Encontrarse con Dios es una experiencia del corazón, con el fin de que sea Dios quien nos dé sentido a nuestra vida. Quien vive una experiencia interior de Dios la transmite en la relación con los demás, y eso se nota en las actitudes cotidianas en la familia, en el trabajo, en el estudio, en el barrio.
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