DOMINGO 7 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Mateo 5, 38-48:
Hace un tiempo, escuché el siguiente cuento: "Una noche tuve un sueño: soñé que estaba caminando por la playa con el Señor y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida. Por cada escena que pasaba, percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena: unas eran las mías y las otras del Señor. Cuando la última escena pasó delante nuestro, miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena y noté que muchas veces en el camino de mi vida quedaban sólo un par de pisadas en la arena. Noté también que eso sucedía en los momentos más difíciles de mi vida. Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor: "Señor, Tu me dijiste, cuando resolví seguirte, que andarías conmigo, a lo largo del camino, pero durante los peores momentos de mi vida, había en la arena sólo un par de pisadas. No comprendo porque Tu me dejaste en las horas en que yo más te necesitaba". Entonces, El, clavando en mi su mirada infinita me contestó: "Mi querido hijo. Yo te he amado y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas fue justamente allí donde te cargué en mis brazos".
La historia anterior nos enseña una cualidad de Dios hacia la humanidad que, a su vez, refleja su profundo amor por todos nosotros: el cuidado. Tanto se ocupa Dios por nosotros que, aparte de caminar a nuestro lado a lo largo de nuestra vida, también es capaz de cargarnos en los momentos de dolor y dificultad. Esto sólo lo hace alguien que ama profundamente a la otra persona, sin condiciones ni etiquetas.
Precisamente, la Palabra de Dios de este domingo trae como tema central el amor al prójimo, el cual se expresa en el cuidado que podemos tener por los demás.
En la Primera Lectura, ya podemos darnos cuenta que desde el Antiguo Testamento el Señor llama al ser humano a la santidad, la cual se expresa en el amor al prójimo, es decir, en su cuidado y su corrección. Sin embargo, corregir no implica violentar al otro, sino ayudarlo a que crezca y mejore su vida, siempre con cariño y amabilidad. Por ello, el cuidado debe estar movido por un profundo amor y por respeto a los demás, de lo contrario caeríamos en la intransigencia y en el atropello.
Por lo mismo, el camino para llegar a la santidad parte del reconocimiento que tanto nosotros mismos como los demás somos templos de Dios, esto es, tesoros de su Gracia, como lo señala el apóstol San Pablo. Si descubrimos que cada uno de nosotros hemos sido creados por amor de Dios y que por este amor se nos han sido regalados un conjunto de cualidades, talentos y oportunidades, seguramente nos comenzaríamos a ver de manera diferente los unos hacia los otros. El cuidado por el otro parte de la autoestima que poseemos cada uno y ésta se consolida en la medida en que reconocemos a Aquel que nos amó primero hasta enviar a su querido Hijo para que tuviéramos una vida plena. Sin duda alguna, cuando alguien se siente amado de verdad, logra transformar su vida y abrirla al servicio de los demás.
No obstante, Jesús nos abre aún más el horizonte del amor al prójimo, pues no lo reduce a amar solamente a quienes nos agradan, sino que nos invita a amar a los enemigos, es decir, salir de nosotros mismos, no juzgar ni etiquetar a los otros. Para Jesús, el prójimo no tiene límites ni reservas, sino que es todo el mundo sin excepción, razón por la cual se incluyen quienes antes estaban marginados: los pobres, los que piensan diferente, las mujeres, los ancianos, los niños; el prójimo es el otro, es el "tú" en infinito.
Por lo anterior, vale la pena que nos preguntemos: ¿De qué manera estoy sirviendo a los demás? ¿Los más necesitados se encuentran dentro de mis prioridades de servicio?
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