DOMINGO 6 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Mateo 5, 17-37:
En
diversas instituciones se puede encontrar la tensión entre el cumplimiento
estricto de las normas y la atención personalizada a cada uno de los usuarios.
Quizás, algunos funcionarios señalarán que es más importante cumplir el deber
estipulado en los reglamentos, antes de acudir a los casos personales, en la
medida en que ello derivará en desorden administrativo. Otros, por su parte,
consideran que ambos elementos no riñen entre sí y que es posible seguir las
normatividades sin perder de vista el ámbito de lo personal. También quedarán
algunos que prefieren la atención personalizada, con el seguimiento de unos
mínimos acuerdos para que la institución prevalezca.
Entonces,
¿nos quedamos con las normas o nos centramos en la persona concreta que está
frente a nosotros? El Señor nos ofrece hoy algunas pistas que podemos tener en
cuenta para darle un nuevo sentido a las leyes.
En
primer lugar, en la ley existe un elemento que no es negociable: la persona y
su libertad. Cada uno de nosotros vive su existencia dentro de un marco
histórico determinado, es decir, en un tiempo, en un lugar y con unas
características bien definidas, aunque pueda tener similitudes con otra
persona. En este sentido, el Libro del Eclesiástico nos dice que, "si
quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudente cumplir su
voluntad". Dios nos da la libertad de escoger el camino que vamos a
seguir: por una parte, está su voluntad, la vida, la cual está basada en su
sabiduría, pero por otra está la muerte, el sinsentido. Por ello, el criterio
que nos propone el Señor se orienta al respeto de la libertad humana. Dios no
impone y tampoco nos quiere controlar el destino. Su voluntad consiste en que
tengamos vida, y ésta en abundancia.
En
segundo lugar, es necesario diferenciar la sabiduría humana de la sabiduría
divina, puesto que sobre esta última se edifica la voluntad de Dios, como ya se
dijo. La sabiduría humana se centra en el poder y el tener, aún por encima de
los demás. Como señalaba hace unos años el Papa Benedicto XVI, el poder y el
dinero son los ídolos que buscan controlar la sociedad actual. Sin embargo, lo
que puede preocupar de la presencia de estos ídolos es la dinámica que ellos
generan en el corazón humano, debido a que orientan a la persona en un afán de
acumulación, como se dice popularmente, "quien tiene poder, quiere más
poder". La sabiduría divina, por el contrario, busca que la persona sea
libre de apegos y oriente su vida hacia una felicidad que no aplaste o
discrimine al otro, sino que lo construya y lo dignifique, esto es, el camino
de la felicidad se construye con los demás.
En
tercer lugar, Jesús nos enseña en el Evangelio que: "No creáis que he
venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar
plenitud". Jesús hace todo nuevo, porque le da un nuevo sentido a cada
cosa que vive. La Ley no es la excepción. En su época, varios judíos pensaban
en una revolución que acabaría con todas las estructuras existentes hasta el
momento. Jesús, por su parte, le reconoce un valor a la ley, pero no como el
seguimiento ciego de unas normas, sino como el medio que nos puede permitir reconocer
aquello que es fundamental en la vida, lo que no es negociable: el amor de Dios
presente en todo el mundo creado y, dentro de éste, en su humanidad muy
querida.
Por
consiguiente, las normas y leyes están orientadas a la convivencia humana y al
servicio de los demás, razón por la cual no debe existir discriminación alguna
entre las personas: la ley debe unirnos y ayudarnos a reconocer a Dios presente
en el mundo y en la historia.
Por
tanto, vale la pena que te preguntes: ¿Cuál es el sentido que le das al
cumplimiento de normas y leyes?
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