sábado, 15 de febrero de 2020

Reflexión Domingo 6 del Tiempo Ordinario. Ciclo A


DOMINGO 6 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Mateo 5, 17-37:

En diversas instituciones se puede encontrar la tensión entre el cumplimiento estricto de las normas y la atención personalizada a cada uno de los usuarios. Quizás, algunos funcionarios señalarán que es más importante cumplir el deber estipulado en los reglamentos, antes de acudir a los casos personales, en la medida en que ello derivará en desorden administrativo. Otros, por su parte, consideran que ambos elementos no riñen entre sí y que es posible seguir las normatividades sin perder de vista el ámbito de lo personal. También quedarán algunos que prefieren la atención personalizada, con el seguimiento de unos mínimos acuerdos para que la institución prevalezca.

Entonces, ¿nos quedamos con las normas o nos centramos en la persona concreta que está frente a nosotros? El Señor nos ofrece hoy algunas pistas que podemos tener en cuenta para darle un nuevo sentido a las leyes.

En primer lugar, en la ley existe un elemento que no es negociable: la persona y su libertad. Cada uno de nosotros vive su existencia dentro de un marco histórico determinado, es decir, en un tiempo, en un lugar y con unas características bien definidas, aunque pueda tener similitudes con otra persona. En este sentido, el Libro del Eclesiástico nos dice que, "si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudente cumplir su voluntad". Dios nos da la libertad de escoger el camino que vamos a seguir: por una parte, está su voluntad, la vida, la cual está basada en su sabiduría, pero por otra está la muerte, el sinsentido. Por ello, el criterio que nos propone el Señor se orienta al respeto de la libertad humana. Dios no impone y tampoco nos quiere controlar el destino. Su voluntad consiste en que tengamos vida, y ésta en abundancia.

En segundo lugar, es necesario diferenciar la sabiduría humana de la sabiduría divina, puesto que sobre esta última se edifica la voluntad de Dios, como ya se dijo. La sabiduría humana se centra en el poder y el tener, aún por encima de los demás. Como señalaba hace unos años el Papa Benedicto XVI, el poder y el dinero son los ídolos que buscan controlar la sociedad actual. Sin embargo, lo que puede preocupar de la presencia de estos ídolos es la dinámica que ellos generan en el corazón humano, debido a que orientan a la persona en un afán de acumulación, como se dice popularmente, "quien tiene poder, quiere más poder". La sabiduría divina, por el contrario, busca que la persona sea libre de apegos y oriente su vida hacia una felicidad que no aplaste o discrimine al otro, sino que lo construya y lo dignifique, esto es, el camino de la felicidad se construye con los demás.

En tercer lugar, Jesús nos enseña en el Evangelio que: "No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud". Jesús hace todo nuevo, porque le da un nuevo sentido a cada cosa que vive. La Ley no es la excepción. En su época, varios judíos pensaban en una revolución que acabaría con todas las estructuras existentes hasta el momento. Jesús, por su parte, le reconoce un valor a la ley, pero no como el seguimiento ciego de unas normas, sino como el medio que nos puede permitir reconocer aquello que es fundamental en la vida, lo que no es negociable: el amor de Dios presente en todo el mundo creado y, dentro de éste, en su humanidad muy querida.

Por consiguiente, las normas y leyes están orientadas a la convivencia humana y al servicio de los demás, razón por la cual no debe existir discriminación alguna entre las personas: la ley debe unirnos y ayudarnos a reconocer a Dios presente en el mundo y en la historia.

Por tanto, vale la pena que te preguntes: ¿Cuál es el sentido que le das al cumplimiento de normas y leyes?

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