Cuarto Domingo de Cuaresma. Ciclo
C
¿Doy posibilidad para la conversión en mi vida?
Lecturas:
Josué 5, 9a. 10 -12
Salmo 33Josué 5, 9a. 10 -12
De la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios 5, 17-21
San Lucas 15, 1-3. 11-32
Es frecuente encontrar en nuestras familias personas que acostumbran compararse con otras, especialmente entre los hermanos. Sin embargo, sería preocupante que las comparaciones comenzaran por los propios padres de familia, ya que pueden generar marcas psicológicas que, tiempo después, conducirán a conflictos entre los hermanos. En contraste con esta situación, también existen familias que fomentan la colaboración entre todos los miembros, a partir de sus cualidades y talentos.
Por ello, un signo de comunión,
es decir, común – unión entre los miembros de una familia es la comida, no sólo
como el espacio para consumir los alimentos, sino como momentos invaluables de
fraternidad, solidaridad y sobre todo, de afecto entre unos y otros. Esta fue
la práctica del pueblo de Israel, luego de su liberación del dominio Egipcio,
que se refleja en la celebración de la Pascua, tal como lo narra el Libro de
Josué.
Lamentablemente, en algunos
casos, la comida ahora es excusa para simplemente verse las caras, pues estamos
ocupados chateando en el celular, viendo televisión o con los audífonos
puestos. Cuando nos conectamos con el mundo virtual, nos desconectamos de la
persona que tenemos a nuestro lado y, por ende, le cerramos el espacio al amor
fraterno, a la bondad y, sobre todo, a la misericordia. Si perdemos de vista la
práctica de la misericordia, empezando por los más cercanos, el egoísmo y el
individualismo ocuparán el centro de nuestro corazón, convirtiéndonos en
personas de las tres “IN”: intransigentes, intolerantes, inmisericordes. Sólo
por medio de Jesús logramos sacar de nuestro corazón todo tipo de
encerramiento, para dar cabida al amor sincero y fraternos y, por consiguiente,
a la misericordia que viene de Dios, tal como lo dice el Apóstol San Pablo: “El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo
nuevo ha comenzado” (2 Cor 5, 17).
Precisamente, en este Cuarto
Domingo de Cuaresma, el Ciclo C nos propone la parábola del Padre
Misericordioso, en el Evangelio de San Lucas. Esta comparación se nos ofrece
también como la guía apropiada y la inspiración para vivir este Año Jubilar de
la Misericordia, pues ella contiene elementos adecuados para vivir el amor, la
compasión y el perdón que provienen de Dios.
Dicha parábola nos presenta tres
personajes principales: el Padre, el hijo mayor y el hijo menor. En primer
lugar, la actitud del padre representa la misericordia de Dios. Así como el
padre es justo, paciente y comprensivo, de la misma manera actúa Dios con
nosotros; así como el padre se alegró por el regreso de su hijo, de igual modo
se alegra Dios con la conversión de uno de sus hijos.
En segundo lugar, tenemos al hijo
mayor, quien representa las actitudes de muchos de nosotros. Tal como ocurre en
la parábola con este hijo, nosotros nos esforzamos, trabajamos y damos lo mejor
que somos para cumplir con los deberes encomendados, pero pensamos que por ello
Dios debe recompensarnos, sin caer en la cuenta que, desde el principio, Dios
nos dice: “todo lo mío es tuyo”.
En tercer lugar, se encuentra el
hijo menor, comúnmente denominado “el hijo pródigo”. Igualmente, a este
personaje se le ha adjudicado la deshonrosa imagen de ser el pecador de la
historia, pues se le recalca su ambición por la herencia de su padre y su
posterior derroche, sin reconocer que él cae en la cuenta de su equivocación y
por ello regresa arrepentido a casa de su padre.
En resumen, la Palabra de Dios
nos regala tres enseñanzas para nuestra vida diaria: 1) Aunque todos somos
pecadores, tenemos la posibilidad de la conversión, para lo cual se necesita
reconocer nuestro pecado, 2) En vez de juzgar los errores de los demás, estamos
llamados a perdonar y, 3) Dios es la fuente del amor y la misericordia, por lo
que nos llama a ser como Él, los unos con los otros.
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