viernes, 11 de marzo de 2016

Reflexión Quinto Domingo de Cuaresma. Ciclo C


Quinto Domingo de Cuaresma. Ciclo C


¿Soy capaz de soltar las piedras que enjuician, a mí y a los demás, para recibir la misericordia de Dios?

Lecturas:
Isaías 43, 16-21
Salmo 125
De la Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses
San Juan 8, 1-11

Cada mañana se pueden apreciar a muchas personas que salen a trabajar a muy tempranas horas del día, pero en medio de los apretones, del afán y de los contratiempos que surgen en los desplazamientos a los lugares de trabajo, también se puede ver que algunas personas logran contemplar el amanecer, es decir, dejarse tocar por la brisa suave de la mañana y agradecer a Dios por tanto bien recibido; esta actitud contemplativa y orante en la cotidianidad nos permite reconocer la acción concreta y amorosa de Dios en nuestras vidas.

En este sentido, las Lecturas del Quinto Domingo de Cuaresma nos hacen ver que la misericordia y los dones de Dios son innegables. Él cumple su promesa de amor y bondad para toda su creación.

En la Primera Lectura, el Señor le recuerda al pueblo de Israel que así como Él lo liberó de la esclavitud, del mismo modo va a “apagar la sed” de su pueblo (Isaías 43, 16-21), es decir, siempre será generoso en regalarnos su bondad y su amor. Valdría la pena que te preguntaras: ¿Cuál es la sed que necesito que el Señor me pueda calmar?

Y cuando el ser humano descubre tanto derroche de amor de Dios, todo lo estima como “basura con tal de ganar a Cristo” (Filipenses 3, 8-14), lo que quiere decir que todo es pasajero al experimentar que el amor y la misericordia de Dios son lo fundamental en la vida humana, en la medida en que, como diría Santa Teresa de Ávila, “Dios no se muda”. Si vemos detenidamente las ambiciones más comunes del ser humano: tener bienes materiales, fama, reconocimiento, poder, cargos, etc., nos podemos dar cuenta que éstos son fugaces, ya que hoy lo podemos tener y mañana ya se pierde y que, por lo mismo, sólo nos pueden ofrecer alguna satisfacción para el momento, pero que cuando esto no se encuentra en nuestras manos, nos deja un vacío interno, como si nos faltara algo, pero que no puede ser llenado por bienes, personas, dinero o distinción alguna. En consecuencia, ¿qué o quién es lo primordial en mi vida?

Precisamente, cuando sentimos que somos amados y perdonados por Dios sin más, sin condiciones, nuestra vida cambia y comenzamos a ver nuevos horizontes. Por eso, en el Evangelio de San Juan podemos apreciar que Jesús no juzga con criterios humanos  de retribución y de legalismos, sino desde la Misericordia de Dios, que reconoce en el pecador a un hijo querido que necesita ser sanado y restaurado. Esta fue la experiencia de la mujer adúltera, quien fue llevada por aquellos que se pensaban justos y que estaban cumpliendo con la Ley, pero que no habían visto su propio corazón, pero que al estar frente a Jesús no encuentra en Él al juez inflexible como lo eran sus vecinos, sino al ser que con su mirada llena de esperanza y al mismo tiempo muestra la autoridad para perdonar. Por eso, es su actitud la que conduce a los judíos a soltar las piedras e irse, mientras Él restaura a la mujer y la perdona, moviéndola a no pecar más. A nosotros nos pasa algo similar a lo narrado en esta escena, pues con frecuencia tomamos las piedras del juicio y de la crítica para castigar a las otras personas, incluso a nosotros mismos y, con esta actitud, nos cerramos a recibir el amor del Señor: ¿Soy capaz de soltar las piedras que enjuician, a mí y a los demás, para recibir la misericordia de Dios?

En síntesis, la Palabra de Dios nos regala tres enseñanzas para nuestra vida cotidiana: 1) Dios no cesa de acompañarnos en la cotidianidad y regalarnos su bondad y misericordia, como una “brisa suave”, 2) Estamos llamados a reconocer qué es lo importante en nuestra vida, esto es, aquello por lo que realmente lo apostamos todo y cuál es el lugar que tiene el Señor en mi vida y, 3) Antes de criticar a los demás, es necesario reflexionar sobre los propios comportamientos y el estilo de vida que llevamos, de tal modo que podamos sentir la misericordia de Dios, que nos mueve a soltar las piedras, perdonar y perdonarnos de igual manera como Él lo hace con todos nosotros.

 

 

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