viernes, 9 de febrero de 2018

Reflexión Domingo 6 Tiempo Ordinario. Ciclo B


DOMINGO 6 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Marcos 1,40-45:

En este domingo seguimos con la actividad misionera de Jesús; esta vez corresponde la sanación a un leproso.

A un leproso en el tiempo de Jesús se le trataba como a un “muerto viviente”, es decir, era aislado, despreciado y condenado a estar lejos de los demás y de Dios, lejos de la vida. En la sociedad actual podemos darnos cuenta que hay muchas maneras de exclusión, ya sea por raza, credo, sexo, condición social y económica, entre muchas otras cosas. Tales situaciones podríamos asemejarlas con la enfermedad de la lepra que se vivía en la época de Jesús, pues se convierten en maneras como rechazamos a los demás, incluso con justificaciones legales, para preservar a la mayor parte de la población de un posible contagio de dicho mal.

Esta manera de separar a las personas del núcleo social la establecía incluso la Ley, ya que sólo así́ se garantizaba la salud y la pureza del pueblo. Pero la fe del leproso y el amor de Jesús superan todas estas circunstancias, hacen realidad la Buena Noticia del Reinado de Dios, pues solo el Señor puede bajar a las profundidades de nuestro corazón y liberarnos del mal que nos afecta.

De nuevo, como suele ocurrir en las sanaciones del Señor, aquí encontramos tres verbos que muestran la ternura y la cercanía de Jesús con los marginados: compadecerse, extender la mano y tocar. Jesús no se conforma con estar cerca, sino que pasa a transformar la realidad de marginación, sanando al leproso. Ya sano, el leproso vuelve a la vida, es decir, es restablecido no sólo físicamente, sino también social y espiritualmente, pues con la sanación el Señor también reintegra a quien estaba enfermo a su grupo social, a su comunidad.

Ahora bien, a pesar de la prohibición del Señor de no contar a nadie sobre la curación que Él le había ofrecido, el leproso se convierte en un evangelizador que propaga las acciones liberadoras de Jesús, porque quien tiene una experiencia sanadora de Dios, no se puede quedar callado, sino que la comparte a los demás, contagiándolos con esa fe y alegría.
 
Y a ti, ¿de qué te ha curado el Señor? ¿Cómo compartes con los demás tanta bendición que recibes de Dios?

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