San Marcos 6, 1-6:
En
la actualidad, uno de los desafíos que presentan nuestras relaciones
interpersonales es la generación de confianza mutua entre las personas.
Lamentablemente, en nuestra sociedad se ha generalizado la desconfianza y, por
ello, ya no se cree en la palabra de alguien, sino que hemos generado
requisitos, papeleos, trámites y documentos por escrito para construir una
imagen confiable en los distintos medios sociales, como por ejemplo sucede en
la solicitud de un préstamo, en el arrendamiento de una vivienda o en los
procesos de selección para un puesto laboral.
De
manera similar, el Evangelio de hoy nos narra que Jesús fue a su tierra a
predicar en la sinagoga, pero recibió el rechazo de su propia gente, pues como conocían
su familia y su procedencia, dudaron de sus palabras. Precisamente, por conocer
su contexto, las personas de su pueblo no creyeron que Él pudiera proclamar la
Buena Noticia de Dios a la humanidad, pues estas personas sólo se basaron en la
capacidad económica y en el origen humilde de la familia del Señor para
juzgarlo.
Lo
que le sucedió al Señor con frecuencia también nos ocurre a nosotros en la
actualidad, pues desconfiamos de las capacidades que tienen las personas que
nos rodean, puesto que nuestro parámetro para "medir" las capacidades
de los demás es el nivel socio - económico. Si hay alguien pobre, dudamos que
pueda llegar muy lejos en su proyecto de vida.
Sin
embargo, Jesús nos ofrece una gran lección de vida, puesto que no siguió la
lógica de su pueblo, la cual clasificaba a la gente por lo que tenía, sino que
se dejó guiar por la voluntad de su Padre. En este sentido, nosotros estamos
llamados a reconocer la voz de Dios, que clama en nuestro interior y dejarnos
llevar por Él, quien no nos clasifica por lo que tenemos, sino que nos ama por
quienes somos: sus hijos.
Y
tú, ¿cómo te relacionas con los demás? ¿Te dejas guiar por Dios para mirar a
los demás con amor y libertad, como hijos de Dios, sin juzgarlos ni colocarles
etiquetas?
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