viernes, 7 de septiembre de 2018

Reflexión Domingo 23 del Tiempo Ordinario. Ciclo B

DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Marcos 7, 31-37:  

Se dice popularmente: “Para conocer al artista, basta conocer su obra”. Precisamente, para conocer la misión de Jesús es necesario reconocer sus acciones y sus palabras, pues todo lo que hacía, pensaba y decía el Señor estaba orientado a cumplir con la Voluntad de su Padre, es decir, que toda la humanidad tuviera una nueva vida en abundancia. 

Por eso, las curaciones que realizaba Jesús nos muestran su Misión y su propia divinidad. En el caso del Evangelio de hoy, el Señor curó a un sordo y tartamudo, lo cual generó una gran admiración en la multitud que se encontraba en ese lugar, no sólo por el acto milagroso que realizó, sino por los gestos y las acciones que empleó para llevar a cabo tal curación. 

Jesús se llevó a un lado al enfermo, lo que quiere decir que el Señor le da la importancia que merece cada persona, la toma en serio y reconoce su situación en particular, no busca los aplausos o el reconocimiento de la multitud, sino que le interesa ayudar a la persona, de manera específica, en su realidad. Luego le metió los dedos en los oídos y con saliva le tocó la lengua, es decir, Dios mismo se introduce en las partes afectadas del enfermo y las empapa con su Gracia y divinidad. 

Para realizar la sanación, Jesús miró al cielo, suspiró y dijo al hombre: “¡Effetá!” (Ábrete). Sólo Dios puede abrir al ser humano a la sanación física y espiritual. En efecto, Jesús miró al cielo y suspiró, pues irradió toda su divinidad para curar al enfermo. Con nosotros el Señor hace lo mismo, pues nos llama personalmente, penetra en nuestro corazón y nos abre a su misericordia y bondad. Nuestra tarea es, entonces, dejarnos sanar por el Señor, tal como sucedió con el sordo y tartamudo. 

Por último, Jesús nos sana de nuestra sordera y abreanuestros labios, pues se acerca a nuestra realidad, nos acompaña y nos sana. Por ello es importante que le abramos nuestro corazón al Señor a través de una vida espiritual constante y profunda, es decir, que nos encontremos con Él cada día en la oración y en la celebración de los sacramentos, para experimentar la sanación en el cuerpo y en el corazón. Y tú, ¿te encuentras con frecuencia con Dios en la oración?

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