DOMINGO 26 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Marcos 9,38-43.45.47-48.
Las
Lecturas de este domingo nos invitan a anunciar la Palabra de Dios, con
nuestras palabras y obras. Para ello encontramos tres características
esenciales de todo aquel que proclama la Buena Noticia de Dios a los hombres: familiaridad
con Dios, libertad frente a los bienes materiales y la confirmación de la misión
evangelizadora en la caridad.
Con relación a la familiaridad con Dios, el Libro de los Números nos presenta
dos figuras importantes: Moisés y Dios que bajó sobre una nube. Por una parte, Moisés
no es celoso de la acción del Espíritu del Señor sobre los sesenta ancianos del
pueblo de Israel, quienes al ser invadidos por Dios, empezaron a profetizar.
Sin embargo, el profetismo de estas personas se da en la medida en que Dios
mismo se acercó y actuó sobre ellos. Ahora bien, nosotros podemos creer que
aquellas narraciones del Antiguo Testamento ya no se dan hoy en día y que Dios
no ha vuelto en la vida de los seres humanos. Al contrario, Dios sigue actuando
en los corazones de todos los seres humanos; la figura de la nube representa la
cercanía de Dios con el ser humano y, por esta razón, quien proclame la Palabra
de Dios debe tener una estrecha relación de familiaridad con Dios, la cual se
logra a través de una vida de oración y de discernimiento.
Por eso, en una sociedad que se ha caracterizado por el surgimiento de tantos
líderes y figuras ideológicas que se proclaman a sí mismas como profetas o
poseedores de la verdad, vale la pena que distingamos en nombre de quién están
hablando y cuál verdad están anunciando, pues la Buena Noticia de Dios se
caracteriza por la caridad, la libertad y la paz.
En cuanto a la libertad frente a los bienes materiales, el Apóstol Santiago nos
ofrece unos criterios muy claros del seguidor del Señor. Quien anuncia la Palabra
de Dios se distingue por la austeridad y el desapego frente a los bienes
materiales y, por lo mismo, no oprime a los demás y le da mayor importancia a
la vida de cada persona, esto lo convierte en alguien justo y recto que sabe
colocar cada cosa en su sitio, según el valor que le corresponde. Por medio de
frases directas y un tanto crudas, el Apóstol Santiago nos llama la atención
sobre nuestra relación con los bienes materiales y cómo ésta afecta nuestra
relación con los demás, ya que quienes codician los bienes y sobreponen la
acumulación de riquezas a la defensa del justo e inocente, en vez de anunciar
la Palabra de Dios, construyen barreras que oprimen y esclavizan. En
consecuencia, el profeta verdadero se legitima en la medida en que su predicación
es libre de todo tipo de intereses individuales y particulares.
Sobre la confirmación en la misión evangelizadora en la caridad, Jesús le llama
la atención discípulos quienes le prohibieron expulsar demonios en nombre del
Señor a otras personas diferentes de su grupo: "No se lo impidáis, porque
uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí".
En ocasiones, mantenemos la mentalidad del grupo selecto, es decir, que
quien quiera anunciar el Evangelio debe pertenecer a nuestros grupos,
parroquias o comunidades. Jesús, con sus palabras, rompe todo tipo de
discriminación al respecto y acoge con caridad a todo aquel que quiera
seguirlo.
No obstante, también el Señor nos regala unos criterios muy claros para tener
en cuenta sobre la persona que proclama su Palabra: primero, debe ser
caritativa, "el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al
Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa"; segundo, no debe ser
motivo de escándalo para nadie, tanto en sus palabras y gestos como en sus
acciones: "el que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le
valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al
mar"; tercero, debe ser una persona de discernimiento, es decir, en una
profunda comunicación con Dios, de tal manera que sea libre de todo tipo de
apego o de ambigüedad: "si tu mano te hace caer, córtatela: más vale
entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo".
Por último, todos estamos llamados a anunciar el Evangelio con nuestro propio
ejemplo, en nuestras familias, en nuestros trabajos y en nuestros barrios.
Anunciar que Dios es amor va más allá de las palabras y se respalda con
nuestros propios actos, siendo honestos, responsables, justos y respetuosos con
los demás, de tal modo que podamos construir una sociedad equitativa y
fraterna. Por tanto, ser discípulos y misioneros que anunciemos la Palabra de
Dios es un compromiso de todos, tal como lo dijo Moisés: "¡Ojalá todo el
pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!"
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