Sexto
Domingo de Pascua. Ciclo C
Y
tú, ¿guardas la Palabra del Señor?
Lecturas:
Primera
Lectura: Hechos 15, 1-2. 22-29Salmo: 66
Segunda Lectura: Apocalipsis 21, 10-14. 22-23
Evangelio: San Juan 14, 23-29
Antiguamente,
para poder sintonizar una emisora en el radio, había que tener suficiente
paciencia para buscar en cada uno de los diales alguna emisora y, con
frecuencia, sucedía que había una especie de interferencia que evitaba
sintonizarla adecuadamente. Después de varios intentos, el momento de regocijo era el hallazgo de
la emisora preferida.
Algo
similar ocurre en la vida interior, cuando intentamos escuchar la voz de Dios.
Podemos pasar un buen tiempo de nuestra vida tratando de distinguir entre
tantas voces y ruidos lo que Dios nos quiere decir, pero a veces se nos
presentan interferencias o, simplemente estamos buscando en el “dial”
equivocado. En el Evangelio de hoy, Jesús les pide a sus discípulos guardar su
Palabra y, a quien lo haga, le promete que Él y su Padre lo tomarán como morada. En
este sentido, guardar la Palabra de Dios quiere decir haber escuchado su voz y dejarla resonar
en nuestro interior, como quien busca en cada “dial” hasta que, por fin, puede sintonizarse con Dios. Por tanto, guardar la Palabra de Dios
significa tener la disposición interior para ponerse en relación cercana e íntima con el Señor y
poner por obra aquello que Él nos está sugiriendo en lo profundo del corazón.
Ahora
bien, la consecuencia de guardar la Palabra de Dios es la paz, pero como dice
Jesús, no es la paz que da este mundo,
la cual se parece más a un pacto de no agresión; la paz que ofrece el Señor es
un estado del corazón que nos impulsa a amar al otro sin condiciones. La paz
que nos regala Jesús se traduce en consolación interior, es decir, en el
crecimiento de la fe, la esperanza y el amor en la persona hasta el punto de
servir desinteresadamente a los otros; quien vive la paz de Dios manifiesta en
sus acciones, palabras y actitudes la serenidad, sensatez y comprensión que son
necesarias para la toma de decisiones y para la convivencia con los demás.
Por
lo anterior, es necesario estar en sintonía con Dios, guardar su Palabra y
dejarlo actuar en nuestra vida para que podamos experimentar la paz que Él nos
ofrece. Esto quiere decir que debemos hacer silencio interior, afinar nuestro
oído desde el corazón y descubrir la voz del Señor en medio de tantas voces y
ruidos que escuchamos diariamente. En ocasiones, estamos pendientes de atender
lo externo: comentarios, rumores o susurros que nos vienen de fuera; quizás,
estas son emisoras equivocadas y allí no se encuentra la voz del Señor. Un
ejemplo de esto nos lo muestra la Lectura de los Hechos de los Apóstoles, la
cual narra lo que les sucedió a algunos cristianos que se fijaban más en el
cumplimiento de normas externas, al estilo judío, en vez de dejar resonar la
voz del Señor Resucitado en sus corazones.
Por
consiguiente, guardar la Palabra de Dios es fijarse en Aquel que nos puede
guiar en el camino de la vida: Jesucristo. En la Lectura del Libro del
Apocalipsis, se nos muestra que “la
ciudad ya no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la
ilumina y su lámpara es el Cordero”. Cuando nos dejamos iluminar por el
Señor, encontramos la sintonía perfecta en nuestro interior, lo que se
demuestra en nuestras acciones cotidianas. Quien se deja llevar por Dios es
capaz de irradiar paz y bondad a su alrededor, de tal modo que puede transformar
su entorno. Por el contrario, quien no se sintoniza con Dios, vive con angustia
y desolación, experimenta mucha agitación y confusión en su corazón.
En
resumen, vale la pena que revisemos nuestras actitudes, palabras y acciones
cotidianas, pues ellas nos ayudarán a descubrir si, realmente, hemos logrado
entrar en sintonía con Dios en nuestro corazón; esto es guardar su Palabra y
dejarse iluminar por el Cordero, según nos lo enseñan las Lecturas de hoy. Y
tú, ¿guardas la Palabra del Señor?
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