Quinto Domingo de Pascua. Ciclo C
¿De qué manera demostramos el amor de Dios a los demás?
Lecturas:
Primera
Lectura: Hechos 14, 21b-27
Salmo:
144
Segunda
Lectura: Apocalipsis 21, 1-5a
Evangelio:
San Juan 13,31-33a.34-35
En
este Quinto Domingo de Pascua, el Evangelio según San Juan nos presenta el
mayor regalo de Jesús a la humanidad: el mandamiento del amor. Precisamente, si
buscamos el sello o la impronta del Señor, nos daremos cuenta que es el amor.
Dicho distintivo se parece al rasgo característico que poseemos todas las
personas; por ejemplo, algunos se hacen notar por su elocuencia, otros son
hábiles en arreglar cosas, otros tantos en inventar, etc. Jesús, por su parte,
se distingue por amar y es precisamente esto lo que nos pide a quienes creemos
en Él y lo seguimos. Y este rasgo de Jesús procede de su Padre del Cielo, quien tanto amó a la humanidad que envió a su Hijo muy querido.
Sin
embargo, ¿cómo podemos distinguirnos por amar? ¿De qué manera se demuestra esta
nota distintiva? En primer lugar, el amor no se hace notorio de manera
individual, y mucho menos es un don que busque el beneficio individual. El amor
es un don que crece en la medida en que se da a los demás, se comparte y no se
queda nada para sí. En segundo lugar, quien ama procura el bien de los demás.
Si fuésemos a representar gráficamente el amor, lo podríamos pintar como una
casa con las puertas y ventanas abiertas, llena de claridad y resplandor,
porque quien ama es transparente y abierto. En tercer lugar, quien ama no pone
condiciones y tampoco tiene límites. Este es el caso de los papás y mamás que
no escatiman esfuerzos por el bienestar de los hijos y su mirada está orientada
a su adecuado crecimiento integral, es decir, en todos los aspectos de su vida.
Por
tanto, quien ama lleva consigo a Dios mismo, pues como dice el apóstol San
Juan: “Dios es amor” (1 Juan 4, 8) y
este distintivo, esta marca, como lo hemos venido mencionando, se evidencia a
través del testimonio de vida, ya que el amor es natural, no resulta como un
esfuerzo artificial o protocolario. Por ello, cuando los discípulos
experimentaron la acción de Jesús resucitado en sus vidas, su corazón se
inflamó de tal manera que sus miedos desaparecieron y se convirtieron en
testigos del Señor para anunciar su Evangelio a todas partes. Muestra de ello
fue la labor misionera realizada por Pablo y Bernabé en varias comunidades
cristianas de Asia Menor, en lo que se ha denominado el Primer Viaje Misionero
del apóstol San Pablo. Allí se logró el cometido de evangelizar a los gentiles,
pero no como un mérito personal de los apóstoles, sino como un impulso vital
del Espíritu Santo. En otras palabras, al habitar Dios en el corazón del
Apóstol, su amor lo conduce a Evangelizar en cualquier lugar en que se
encuentre.
Es
más, cuando el amor no es un bien individual, sino que se descubre como un
regalo de Dios para toda la comunidad, se hace realidad lo que encontramos en
el Libro del Apocalipsis: Un Cielo Nuevo
y una Tierra Nueva. La nueva humanidad, nacida de la Resurrección de
Jesucristo tiene en su corazón el sello del amor, porque Dios habita en ella.
Sólo podemos reconocer la presencia de Jesús resucitado en la medida en que nos
amemos los unos a los otros y reconozcamos que el amor no tiene propiedad, sino
que es el regalo de Dios para toda la humanidad. Por ello, vale la pena que nos
preguntemos: ¿De qué manera demostramos el amor de Dios a los demás?
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